18/9/17

EMOCIONES. SELECCIONADO EN EL CONCURSO DE RELATOS SOBRE ABOGADOS

Tomada de la red.

Sobrevivió al escorbuto, al calor asfixiante, a la escasez de agua y al temporal que acabó con media tripulación y parte del pasaje del barco en el que viajaba. Nada consiguió doblegar su voluntad de hierro. Ya en tierra americana, compró un rancho y se casó con una mujer a la que adoraba. Ejercía como juez, sin que emoción alguna alterara su imparcialidad a la hora de dictar sentencia, hasta el día en que asaltaron la diligencia. Cuando el juez vio el neceser ensangrentado de su amada en manos del ayudante del sheriff, hizo caso omiso del llanto y los gritos del muchacho proclamando su inocencia, y mandó al encausado a la horca. Desde entonces su vida es un infierno. Piensa que tal vez se equivocó e imagina al verdadero asesino acariciando la cabeza de un hijo de la misma edad que tendría, si viviera, el que esperaba su esposa.

16/9/17

MONEDA. MICRORRELATO GANADOR SEMANAL DE WONDERLAND


Tomada de la red.



Hipnotiza la estela de agua. Camino de mar que deja el ferry. El día pierde la Laguna Azul en la distancia. Muere un poco, plácida la tarde. Los móviles quieren captar los azules, los verdes, los tierra. La belleza enlatada y lista para mostrar a una vuelta más de vida. Y que no se desvanezca entre los frágiles hilos de la memoria. Con suerte, puede que la invasión que amorece los sentidos aflore. Hora de abandonar el barco. Y entonces la puerta cortafuegos que se cierra de golpe sobre la muñeca. El dolor intenso y un hueso roto. La vida.


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27/8/17

EL PODER


Tomada de la red.

Y entonces te detienes y regresas a los pies de la cama. Muerdes mi labio inferior y lo repasas con la punta de la lengua. Te descalzas y, sin soltar tu presa, abres las distintas puertas. Botones de camisa que se hunden en el ojal, cremalleras con sus dientes separados. Me tumbas con un empellón de tu mano de muñeca nacarada con uñas de sangre. Y consumas tu posesión. Bebo el rojo. Palpo el perfume de vainilla, macerado con el calor del verano. Veo el aullido salvaje. Oigo las mariposas batiendo alas. Huelo el fa sostenido hasta que estalla. Luego te levantas jadeante. Ajustas la falda de vuelo, la blusa, te pones los zapatos de tacón y caminas, tambaleante, hasta la puerta. Tú tienes el poder. Tú mandas. Pero sólo he de gritar no quiero, para que vuelvas. Tal vez mañana.

26/8/17

EL CEBO

Tomada de la red.


Era la hija de un guardia civil  y en cuanto llegó, tuvo una corte de admiradores. No era guapa pero tenía la piel suave y el vello del melocotón. El pelo y los ojos eran muy negros y lucía, con sonrisas y carcajadas, el rojo cereza de los labios, la lengua y las encías. Cuando no estaba la maestra, se quitaba la blusa  y se quedaba con una camiseta de tirantes bordeada por una puntilla de encaje. Lo hacía con gracia, mostrando las pequeñas elevaciones de dos tetas incipientes, a los chicos que se acercaban a la ventana. Leía a Corín Tellado y decía cosas muy cursis que se derretían en el calor de su boca. Dejaba a los chicos a cierta distancia, como si hubiera hecho una raya imaginaria, y jugaba a calentarlos y enfriarlos alternativamente y así los mantenía, entre las brasas y el hielo de su capricho.
Toñín vivía a las afueras del pueblo, distanciado del hervidero de pasiones que brotaban cada primavera. Ella lo descubrió un domingo, de guapo, sorbiendo un polo de limón sentado en un banco de la plaza del Ayuntamiento. Pasó cerca y se dio cuenta de que él no la miró. Volvió de la heladería, con un cucurucho de vainilla, y vio de reojo que  él observaba el vuelo de las primeras golondrinas. Se paró, dejó que el helado resbalara hasta la blusa, manchando de amarillo un canal incipiente, y le alargó la mano. Toñín cogió las puntas de los dedos, apenas rozándolos, luego desvió la atención a la cigüeña que reparaba el nido que dejó la primavera anterior en el campanario de la iglesia.
Desde aquel primer encuentro, ella lo buscaba en el patio de la escuela y en las calles del pueblo mientras él seguía mirando al cielo y recitando: «cigüeña, patas de leña, pico de alambre, que tienes a tus hijos muertos de hambre».
Una tarde de domingo entibiada por la primera tormenta de verano, cuando él lamía su polo de limón, llegó ella balanceando en su mano una pequeña jaula dorada. Dentro, un pajarillo medía a pasitos su celda mientras soltaba algún trino a la espesura del aire. Toñín lo siguió con la mirada y cuando ella dobló la primera esquina y sus ojos no alcanzaban a verlo, se levantó del banco y se fue detrás, hasta donde ella quiso llevarlo.

25/8/17

EL TRATO


Tomada de la red.



—Te propongo un trato dijo, a bocajarro, la voz que emanaba como ruido brumoso de una caverna.
Volví la cabeza hacia la entrada del jardín. Ardía el aligustre, igual que la zarza en el desierto, con el resplandor de la luna llena.
—Me hago cargo de tu hipoteca, te consigo clientes y tú....
—Te vendo mi alma— dije por decir, un poco achispado.
—...y tú me das el retrato— terminó.
—¿Qué retrato?
—No te hagas el tonto. El retrato de Elena.
—No puedo dártelo. Puse mi alma en esa pintura.
Él esperó en silencio. Dentro de mi cabeza, enturbiada por el alcohol, se iba abriendo paso un futuro sin agobios de dinero, ni avisos de embargo. Volvería ese estado de gracia, excitación pura, que una vez me hizo coger el pincel y dejar sobre el lienzo a la Elena más viva, más pasional que nunca tuve, que jamás tendría. Después, era ver la pintura y sentir el cuerpo afiebrado, borboteando en sus jugos. La buscaba con urgencia y pasábamos las tardes y noches consumidos por el deseo que no se entibiaba hasta bien entrada la mañana del día siguiente, y que volvía a crecer con los segundos, los minutos y las horas. Sí, tendría otra oportunidad. Acepté el trato.

     Elena lima sus uñas sin descanso, envuelta en su manta de cachemir, tumbada en el sofá frente al televisor, siempre encendido, como un runrún de fondo que alivia el silencio en nuestro salón. Elena come bombones y se da largos baños en el jacuzzi para templar su cuerpo helado, a pesar de la calefacción en invierno, a pesar del sol que entra a raudales por las ventanas en verano. El frío se ha metido en nuestra casa. Un frío que detiene el movimiento de una caricia, las pocas veces que un asomo de rescoldo intenta sacarme del letargo. La miro a ratos, observo el rastro de agua congelada que deja a su paso, y enseguida vuelvo a mi estudio a pintar, lienzo tras lienzo, el mismo paisaje desolado. Si nace una flor de mi pincel, al momento se agacha y cae a la nieve hasta desaparecer bajo su manto. Si asoma un sol espléndido detrás de un edificio, se agrieta y absorbe el gris de un resto de pintura mal borrada entre los pelos, y convierte un día radiante en uno invernal de una ciudad fantasma. Sin embargo vendo bien mis cuadros a todos esos señores y señoras que llegan ávidos de nuevas telas para colgar en las kilométricas paredes de sus enormes casas.
     Vivimos bien, Elena  y yo, gracias a ellos. Siempre tengo colgados abrigos de visón del perchero de la puerta para que no pasen frío cada vez que me visitan. Al cliente hay que mimarlo.