21/11/09

SOMBRAS

Anoche, mi madre me preguntó si había vuelto mi padre del campo. Le anudé la servilleta al cuello y le di cucharadas de sopa mientras la ponía al corriente de las últimas novedades del pueblo. Cuando se cansó, dejé el plato en el fregadero y volví con ella. - ¿Te casaste? - Me casé con Roberto. - Hiciste bien. Una mujer sin marido es como un árbol sin sombra. Saqué del cajón de la cómoda el álbum de fotografías y lo puse sobre la cama. Pasaba las hojas y ella recorría con su dedo huesudo las caras de mi padre, de mis hermanos, la de mi hija a la que dejó en la niñez y ya no reconocía. - ¿Qué hace? - Corre. - ¿Cómo que corre? - Sí, mamá. Tu nieta es deportista. - ¿Y eso por qué? - Porque le gusta. Mira esta fotografía cuando ganó la medalla. - ¿Tiene novio? ¿Se ha casado? - No, mamá. - Nadie se arrima. - Ella no quiere. - Una mujer sin... -... marido es como un árbol sin sombra. Lo sé mamá. Pero mi madre se quedó sola cuando aún no había echado los dientes de leche mi hermano Joaquín y nos sacó a todos adelante caminando once kilómetros a los pueblos vecinos para vender aceite y huevos. Mi padre. Un hombre grande y quemado por el sol, que no aguantó una pulmonía. Mi madre volvió a preguntarme por él, después guardó silencio, aguzando el oído, atenta al golpeteo de los cascos sobre las piedras de la calle, a la voz anunciando su llegada. Pero nada de eso ocurrió. Se removió inquieta en la cama, mirando a su alrededor como si buscara algo. Le pasé la mano por la cabeza, arreglándole el pelo. Luego seguimos mirando fotografías. Allí estaba ella sentada en el umbral de la puerta con las piernas cruzadas y las manos sobre el mandil, tomando el fresco con su amiga Rosa, con la mirada algo perdida. Ausencias. Así comenzó. Se ausentaba días enteros. Eran como viajes a lo más profundo del mar donde dicen que habitan los peces ciegos. Luego emergía algo aturdida y había que ponerla al corriente de lo que ocurrió mientras ella no estaba. - Viene todos los días a verte. Se sienta a tu lado y hace ganchillo. Como cuando tú... - Rosa ha hecho una colcha preciosa para su hija. ¿Cuándo vamos a empezar con el ajuar de la niña? Se echó un poco más sobre la almohada y dejó que sus ojos vagaran por las paredes encaladas hasta detenerse en la sombra de la lámpara. Se le iba la mirada hacia adentro. Le seguí hablando. De su nieta, de sus hijos que vienen a verla dos veces al año, de mi marido que hace tiempo que dejó de darme sombra porque no aguantaba la fatiga de las noches en vela, de los días sin descanso. Hasta que su mano se soltó de la mía y entró en un sueño del que ya no se despertaría nunca. Me quedé a su lado, en la mecedora, dando alguna cabezada, atenta a su respiración: soplo que hacía temblar las sombras con la luz incierta de las lamparillas de aceite, sobre la mesilla. Murió de madrugada. Lavé su cara con agua tibia. La vestí con el traje negro que dejó preparado en el arcón, para cuando llegara el momento, entre papeles de seda y bolitas de naftalina. Le puse las medias, los zapatos, los pendientes, el anillo de boda. Todo le venía grande a su cuerpo consumido. Después llamé a mis hermanos y a mi hija. Al funeral vino Alfredo. Hacía esfuerzos por no llorar. Quería a mi madre. Quizá por eso no pudo soportar verla perderse en la desmemoria. La estuvo mirando un rato, con una sombra en sus ojos, como si temiera que despertara. Luego se fue al rincón donde estaban mis hermanos y estuvieron hablando del trabajo, de la crisis, de lo mal que estaba todo. De vez en cuando callaban y echaban una ojeada rápida a mi madre, para volver inmediatamente a la conversación liviana. A la vida, en suma. Mi hermano Pedro se pasaba una mano por la barbilla, como si estuviera atento, pero yo sabía que él no prestaba atención, que estaba a sus cosas, como cuando mi padre le hablaba del campo y hacía como si lo escuchara. Cuando dejaba de hablar mi padre, le pedía dinero para tabaco y se iba. A mi hermano Pedro no le gustaba nada que oliera a campo. Por eso se marchó, para trabajar en Correos y casarse con una mujer de ciudad y tener dos hijos, chico y chica. Dos extraños para mi madre y para mí, que estudiaban en la Universidad y no vinieron al entierro de su abuela. A mi hermano Joaquín, en cambio, le gustaba el campo. Solía faltar a la escuela y perderse en los arroyos de los que volvía con las ropas destrozadas por las zarzas. Pero se enamoró de Adela, la nieta de Asunción la farmacéutica, y la siguió hasta la capital donde aprendió mecánica y abrió un taller de reparaciones. Los hijos, dos niños que llegaron cuando ya no los esperaban, fueron al entierro. Reían y gritaban en el patio, donde su padre los mandó para que no alborotaran en la casa. Rosa permanecía en la cabecera, sin decir palabra, con los ojos húmedos. De vez en cuando, un suspiro, luego un silencio resignado. Me acerqué a ella y le puse una mano en un hombro. Ella se volvió y dijo: “Se nos fue”. Yo asentí con la cabeza. Le ofrecí una tila, agua de azahar. “Un poco de agua”, dijo. Me fui a la cocina. Mi hija Maite abría el grifo. En el fregadero, varios fideos flotaban en el agua. La última sopa de mi madre. La jarra proyectaba una sombra estilizada que alcanzaba el vaso sobre el tapete que hizo a ganchillo en aquellas tardes de invierno, frías, interminables, al calor del fuego de la chimenea. - ¿Cómo estás? Maite se dio la vuelta y me abrazó. Yo me acurruqué un poco, retrasando el momento de soltarme. Al fin lo hice respirando hondo para aflojar la opresión del pecho. - Bien, hija, bien. ¿Y tú cómo estás? Te veo más alta- dije, aunque sabía que ella estaba bien y que no había crecido, que era yo que algo achiqué con los años. - Cansada. Se acercan los Juegos y el entrenamiento cada día es más duro. Pero estoy contenta. Estaba guapa mi hija. Se volvió hacia el fregadero y echó un chorrito de lavavajillas en el agua. Sacudió la cabeza y la coleta le bailó a un lado y a otro de la espalda. Como cuando era niña y corría por el campo para entrenarse y ganar las carreras que organizaba el Ayuntamiento. Volvía a casa llena de arañazos en las piernas. Yo me asomaba a la puerta y la veía venir, el pelo moviendo el aire como un abanico, sudorosa, sonriente, feliz, con su sombra pegada a los talones, intentando alcanzarla. “¿Cuánto he tardado?”, me preguntaba. Y yo quitaba un minuto o dos para que no se disgustara. Maite como su abuela. Y mi madre siempre regañándola. Porque parecía un chico subiendo a los árboles a coger los melocotones, los higos, los albaricoques; corriendo por esos campos, destrozándose las rodillas en caídas sobre el empedrado de la calle. “Tu hija te salió rara”, decía cuando la nieta se impacientaba con la aguja y el hilo y soltaba el bastidor sobre la silla. “¡Que no abuela, que no me gusta!”. Y se iba a la calle. “Te salió rara”, repetía mi madre mientras se asomaba por la ventana para verla correr perseguida por su sombra. “¡Déjala madre, ya tendrá tiempo!”, le decía yo. “Estas cosas si no se corrigen antes, luego no hay forma”, insistía ella. Y tenía razón. No aprendió a bordar, ni a coser, ni a freír un huevo. Sólo correr. Y allí estaba, fregando el plato de la última sopa de su abuela. Maite. El sol entraba esquinado y la sombra de mi hija se fue alargando en el suelo como un árbol alto y delgado. “Una mujer sin marido, es como un árbol sin sombra”, decía una y otra vez mi madre aquello que aprendió de la suya. Eché agua en un vaso y volví a la habitación. Rosa seguía alternando el silencio con suspiros. “Gracias hija” dijo antes de bebérselo de un tirón. Metimos a mi madre en el nicho, con mi padre. Los albañiles ponían la lápida y la sellaban con cemento mientras comentaban el último partido de fútbol. El sol estaba en lo alto y nuestras sombras parecían aplastadas como si fueran gnomos que hubieran salido detrás de los cipreses. Roberto se acercó y rodeó mi espalda con su brazo. - Ahora que tu madre no está, si tú quisieras... -comenzó a decirme al oído. - Pero no quiero- le corté yo. No le guardaba rencor. Me había acostumbrado a estar sin él. Y me encontraba bien así. Durante todo aquel tiempo había vivido sin su sombra, atendiendo a mi madre, recogiendo los melocotones, los albaricoques, las manzanas, y haciendo mermeladas y compotas. Y mientras lo hacía sólo pensaba en una cosa. “Algún día, cuando ella no me necesite, haré ese viaje”. Porque yo me enamoré de Roma cuando la vi en el cartel detrás de los cristales de la agencia de viajes. Entré y pedí un folleto. El empleado me dio una revista y me habló de los lugares que podría visitar y de cuanto me costaría. Así que hice y vendí muchas mermeladas. Y lo que me iba sobrando de los gastos de la casa, lo guardaba en la cajita de música que me regaló Maite para mi cumpleaños. Alzaba la tapa y la bailarina se ponía a girar con la música como si también se alegrara de que ingresara un billete más. Los albañiles habían terminado. Se bajaron de la escalera dejando la lápida despejada. Leí su nombre dorado varias veces, clavada en el suelo, sin decidirme a andar. Mi hija dio unos pasos y me cogió del brazo. Le di la espalda a la lápida y me dejé llevar hasta la salida. - ¿Qué piensas hacer?- me preguntó. Y añadió:- Podrías venirte a vivir conmigo una temporada, hasta que estés mejor. - Gracias hija, pero no quiero. Tengo cosas que hacer aquí. - ¿Cosas, qué cosas? - Vaciaré los armarios y le regalaré a Rosa ese mantón de Manila que tanto le gustaba. Guardaré la ropa de tu abuela en el arcón. Abriré la cajita de música, contaré el dinero, compraré un billete de avión y viajaré a Roma.

4 comentarios:

Boga Vante dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Lola Sanabria dijo...

¡Qué bonito lo dices! Dan ganas de comerse esa ovejita con la que acompañas tu texto.

Millón de gracias y lluvia de besos.

Anónimo dijo...

Hay una recompensa viajera para los personajes que amas. El hijo que no soportaba el conejo y sus consecuencias...

Esta otra que sabe acompañar hasta el final, minuciosamente, pasando las cuentas de un rosario de soledades, sin sombra cuando la necesitaba y rechazándola cuando solo espera dar el adiós definitivo y... subirse al avión del resto de su vida.

Siempre se está a tiempo y tu lo sabes contar con la precisión de un órfebre.

Un placer reencontrarte.

Aitor Menta

Lola Sanabria dijo...

¡Pero qué bien lo cuentas, Aitor!. Da gusto leerte.

Besos a mogollón.